El día después
Hay días que pasan sin pena ni gloria por nuestro calendario: Suena la alarma, un baño, algo de comer, el trabajo y si tienes suerte: alguien con quien pasar la noche. Son como el aire, sabes que están allí pero no piensas en ellos todo el tiempo.
Luego están esos días. Esos monstruos cargados de tiempo y vísceras. Son esos días que llegan sin tocar la puerta, y en menos de lo que dura un sábado, se llevan de calle hasta la cordura. En ellos se detiene el tiempo, y las palabras no llegan al cerebro porque no hay nada que decir. Son pocos porque no podríamos vivir más de los que nos tocan.
Son los días en que decimos adiós.
Y luego vienen el día después. Es el momento en el que salimos del agua después de aguantar la respiración. Es esa fracción de segundo después de darte cuenta que estabas en tus pensamientos -lejos de la realidad-. El después llega con el ensordecedor sonido del universo siguiendo un curso del que te abstrajiste unos momentos, para llorar.
Son estos días los que nos enseñan que la tristeza sirve para seguir caminando, porque sólo a través de descubrir lo especial que tienen los días banales. Es este momento después del huracán donde puedes ver, por un instante, todo lo increíble que has construido así, sin darte cuenta. Son los ausentes los que nos invitan a voltear a todas aquellas personas que hemos sacado de nuestra historia. Son ellos dándote una segunda oportunidad que ya no es suya.
Así que paciencia, que ya llegará el día después. Por ahora deja que el tiempo te arrulle en la tormenta, sabiendo que saldrás a la superficie. Saldrás a una realidad que existe todos los días. A una realidad en la que puedas decidir vivir tus días con todas las personas que quieres, y con las que puedes volver a querer. Ese momento llegará. Y entonces, toca volver a andar.
Y mientras tanto, hasta siempre.

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